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VERSIÓN
TAQUIGRÁFICA DEL DISCURSO PRONUNCIADO POR |
Sr. Presidente.- Tiene la palabra el señor Senador Hnatiuk.
Sr.
Hnatiuk.- Señor Presidente, señores Senadores: la emoción
quiebra mi voz, ante la llegada de este instante, anhelado desde la niñez,
buscado a través del largo accionar de mis años y que hoy por
los avatares de la lucha en que encaucé mi vida, me ofrece la dignísima
oportunidad de participar en esta solemne instancia de la reivindicación
sin restricciones del Brigadier General don Juan Manuel de Rosas, apoyando la
derogación de una ley que infama y que separa a los argentinos desde
hace tantos años.
En la emoción de estar representando en este honorable recinto, junto
a todos los señores Senadores, a las corrientes populares que desde ese
pasado de lucha y de gloria, de pasiones y de agravios, de esperanzas y de sueños
de grandeza, se encausaron en diversos partidos y movimientos, hasta llegar
a la Unión Cívica Radical y al gran Movimiento Nacional Justicialista,
como herederos de aquel aguerrido pueblo gaucho que tuvo en Rosas un digno conductor
y jefe y que, con él al frente, defendió la soberanía de
la Patria. Es la emoción de ocupar este estrado para rever una ley que
lastima, sancionada por aquellos prohombres de su tiempo, y aunque no logremos,
como ellos, el homenaje del bronce y ni siquiera un modesto recuerdo en las
páginas de la historia, nos sentimos pletóricos de orgullo de
pertenecer a esta generación reivindicatoria que, dejando atrás
agravios y estériles divergencias que exacerban, se encolumnan detrás
de las banderas de la unión nacional que levantó, con la visión
premonitoria de los genios, el Teniente General Perón. (Aplausos).
Siguiendo esa trayectoria que marcó nuestro Líder, nuestro Movimiento
bregó siempre por la revisión de la historia para lograr así
la auténtica unión nacional. Ya en 1951 se alzó en esta
Legislatura la voz de nuestro Movimiento que, por intermedio del diputado René
Orsi, fundamentó brillantemente la oposición al homenaje propuesto
por el pronunciamiento contra Rosas.
Señores Senadores: al derogar la infausta ley que nos perturba, borremos
con hidalguía y con grandeza las negras páginas que reflejan las
largas cuentas de agravios que motivó la pasión y el odio de esa
época cruda de la historia. Ignoremos la falacia de quienes juzgaron
mereciendo ser juzgados; olvidemos las acciones de oprobio y de ignominia que
impusieron al vencido, porque hoy ya se ha cumplido lo que tanto temían
sus circunstanciales vencedores, cuando en ambas cámaras, en ocasión
de sancionarse esta ley que hoy vamos a derogar, mientras pujaban todos por
cubrir al ausente indefenso con denuestos y ludibrios infamantes, alguien dijo:
"Lancemos sobre Rosas este anatema, que tal vez sea lo único que
pueda hacerle mal en la historia, porque de otro modo ha de ser dudosa su tiranía
y también sus crímenes. Cuando se diga: "La Inglaterra, a
ése que llaman tirano sus enemigos, ese país civilizado y culto,
le alargó la mano de la amistad y le llamaba su grande y buen amigo.
¿Qué se dirá en la historia y cómo se le considerará
tirano cuando se sepa que a un caído se le hicieron honores cuando llegó
a esa gran nación?. ¿Qué se dirá en la historia
y esto sí que es hasta triste decirlo, sin embargo debo hablar la verdad
y debo hablar claro lo que siento, qué se dirá en la historia,
cuando se diga que el valiente General Brown, el héroe de la marina en
la guerra de la independencia fue el Almirante que defendió sus derechos?.
¿Qué se dirá en la historia, sin este anatema, cuando se
diga que ese hombre que contribuyó con sus glorias a dar brillo a ese
sol de mayo que el señor diputado recordó en su discurso; cuando
se diga que el General San Martín, el vencedor de los Andes, el Padre
de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grande que puede hacer
un militar legándole su espada?. Se creerá esto si no lanzamos
un anatema contra el tirano Rosas. Se creerá dentro de 20 ó 30
años o más, si se quiere ir más lejos cuando se ve al héroe
de la marina argentina, el General Brown, el General San Martín, héroes
de nuestras glorias, cuando se sepa que esos hombres les servían fieles
y les rendían los homenajes más respetuosos, a la par de Francia
y de Inglaterra?". (Diputado Albarellos 3/7/1857. Pág. 3).
Señores Senadores: Lo que tanto temieron y quisieron evitar ya se ha
cumplido. La figura de Rosas, que intentaron sepultar bajo el anatema de tirano,
se levanta hoy, junto al Padre de la Patria, con su verdadera dimensión
de Héroe.
La derogación de esta ley tiene un significado que trasciende más
allá de la reivindicación de Juan Manuel de Rosas, pues constituye,
sin duda, el acto de clausura de la distorsión premeditada de nuestra
historia.
En nuestro país ha existido una política de la historia tendiente
a impedir que la historia verdadera contribuyera a formar la conciencia nacional
imprescindible para construir la Nación.
Ha existido una sistematización dirigida de la historia concebida después
de Caseros; todo un mecanismo de la prensa, del libro, de la cátedra,
de la escuela, de todos los medios de formación del pensamiento que nos
presentaban como una cosa juzgada esa historia, reprimiendo regimentadamente,
toda discusión profunda que sobre ella se intentara.
La historia falsificada fue iniciada por los que combatieron a Rosas; las pasiones
de ese momento inicial pueden explicar las inexactitudes y los juicios emitidos.
No constituyen sino la visión parcial de una bandería pero sobre
ella se construyó, y con pretensión de verdad absoluta todo el
aparato cultural del país.
Muchos de los vencedores de Caseros se habían aliado al extranjero para
luchar contra Rosas; con los imperios que pretendían avasallar nuestra
soberanía, porque no comprendían la realidad de su tierra y creían
que la civilización y el progreso se importaban como los tejidos de Manchester.
No comprendían que no se puede construir un país desde una ideología,
que la Patria no son determinadas instituciones, sino su tierra y sus hermanos
todos.
Dos concepciones de patria, excluyentes y antagónicas, inevitablemente
chocaron desde el comienzo de nuestra historia. Para unos, la Argentina era
el régimen político liberal y el patriotismo consistía
en importar la civilización europea. Para ello se debía renegar
del pasado, cortar de raíz nuestro origen hispano, para imponer las instituciones
anglosajonas, que eran el modelo del progreso que se impusieron. Esa era la
"civilización"; nuestros hombres, con su modo de vida, eran
la barbarie. La solidaridad no estaba dada con la noción elemental de
patria, sino con una determinada posición ideológica.
Para los otros argentinos, la patria era algo real y concreto que estaba en
los hombres y en las cosas de la tierra. No estaba en un conjunto de instituciones,
sino en el sentimiento de una tradición común y en la conciencia
de la solidaridad para preservarla.
Era la Argentina formal que anteponía a todo la existencia de las formas
liberales frente a la Argentina real que anteponía su existencia misma
y la soberanía de la Nación.
Una era minoritaria pero intelectualizada, la otra popular y espontánea.
En su incapacidad para comprender la realidad, esas minorías procedieron
a contrapelo con la historia. No se dieron cuenta que para construir una nación,
pues de eso se trataba, debían partir de la realidad para incorporar
a ella los adelantos de su tiempo, y erigir las Instituciones sobre las seguras
bases de la tradición y con las particularidades propias de cada pueblo.
Cuando ese pueblo, huérfano de una clase dirigente que lo llevara por
el camino de su consolidación nacional, se agrupó detrás
de los caudillos para defender su causa, fue calificado de bárbaro, y
se buscó el apoyo extranjero para sojuzgarlo.
Así sucedió con Artigas y los orientales en los primeros pasos
de la independencia, con los devaneos monárquicos de los directoriales
en su búsqueda de un protectorado de alguna de las potencias de la época,
hasta que las lanzas de las montoneras ponían fin a esos intentos, pero
vencidas en los tratados de paz y en los hábiles manejos de los negociadores,
volvían a ser traicionadas en sus deseos de unión nacional y de
Confederación.
Durante muchos años, los pueblos del interior que se aferraban tenazmente
a esa unión y que impedía la disgregación total de las
Provincias Unidas del Sud, el antiguo virreinato de Buenos Aires, eran traicionados
desde la metrópoli gobernada por los grupos minoritarios ligados a los
intereses del imperio inglés.
Por eso fue muerto Dorrego, porque no se podía permitir que un hombre
del pueblo, un patriota de sus quilates, gobernara Buenos Aires y se pudiera
consolidar esa unión nacional. Pero el pueblo de la Provincia de Buenos
Aires no perdió su cabeza, como pensaban los que alentaron el fusilamiento
de Dorrego. Se encolumnó detrás de don Juan Manuel de Rosas que
aparecía, como defensor insobornable de sus derechos.
Rosas era como los hombres que gobernaban las demás provincias, un hombre
de su tierra, sin deformaciones ideológicas y conocedor de los deseos
y aspiraciones de su gente.
Rosas, por ser una expresión cabal de su pueblo, no se deslumbró
con espejismos y se dedicó a construir la nación con los elementos
que tenía en sus manos.
Toda nación que está en período de gestación comienza
por afianzar sus fronteras, por consolidar el territorio defendiendo hasta con
ferocidad su soberanía. Ese es el ejemplo de todas las grandes naciones
del mundo. Para ello debía asegurar la unión nacional y terminar
con las disensiones internas, para lo cual utilizó el único método
válido conocido: respetar la voluntad de los pueblos.
Así pudo asumir con éxito la defensa de la soberanía y
su consecuencia más importante: la independencia económica.
Frente a esta tarea estaban las grandes potencias de la época, que tenían
planes muy distintos para nuestra América Hispana, la América
de las republiquetas sin destino, sin fuerzas o impotentes al avasallamiento.
Era la política de la patria grande, de la patria que necesitaba gigantes
para construirla.
Por supuesto que aquellos que creían que los imperios venían a
cumplir una labor civilizadora a estas tierras no vacilaron en alinearse detrás
de la extranjería y combatieron a Rosas por tirano y bárbaro,
porque no se avenía al progreso que esas potencias "generosamente"
nos traían.
Bien conocemos la generosidad de los imperios, bien sabemos que siempre han
disfrazado sus descaradas intervenciones detrás de la defensa de las
libertades y la civilización.
Por eso, al vencer finalmente a Rosas, debieron cubrir su figura con todas las
infamias y los agravios con que habitualmente las oligarquías visten
a los candidatos populares.
Los argumentos usados por Francia e Inglaterra, para justificar sus intervenciones
en el Río de la Plata, como los del imperio del Brasil para cubrir sus
intenciones de expansión territorial, fueron, como siempre, la defensa
de las libertades públicas y los derechos humanos sojuzgados por un tirano
feroz y sangriento.
Contaron, por supuesto, con la colaboración de algunos malos argentinos
exiliados, que en su odio a Rosas y a los federales solicitaban la intervención
extranjera para liberar al país.
Los periódicos panfletarios de Montevideo, financiados con libras o francos,
lanzaban las acusaciones más infames contra el Gobernador de Buenos Aires.
Se escribían los artículos más rebuscados tratando de demostrar
que Rosas no gobernaba con el consentimiento del pueblo.
Pero lo que es más triste, esos argentinos escribían artículos
periodísticos, o hacían declaraciones públicas defendiendo
las pretensiones territoriales de países limítrofes en perjuicio
de su propio país y acusaban a Rosas de agresor por pretender afianzar
el territorio nacional, recuperando las fronteras del antiguo virreinato.
Era bárbaro el gobernador de Buenos Aires por defender el dominio sobre
nuestros ríos, por impedir su libre navegación a los imperios.
Estos exiliados eran los de la patria de las Instituciones a quienes les molestaba
el país real y despreciaban la defensa del territorio. Eran los que justificaban
el posible desmembramiento de Entre Ríos y Corrientes para formar una
república aparte, los que defendían derechos de Chile sobre la
Patagonia argentina.
Producida la defección de Urquiza, que llevó al equívoco
a muchos federales, que al poco tiempo comprenderían la magnitud de la
tragedia, vuelven los unitarios a Buenos Aires y junto a los conversos que nunca
faltan, se aprestan a realizar el gobierno de las luces, a repetir la experiencia
de Rivadavia.
Muy poco tiempo tarden en romper con Urquiza y desligarse de la Confederación;
aquél había sido un instrumento para voltear a Rosas y nada más.
Desde el 11 de Septiembre en adelante, comenzarán a realizar su tarea
destructora del basamento popular en la Argentina.
Enquistados en el gobierno de Buenos Aires, teniendo a su favor los recursos
del puerto y el apoyo interesado del imperio, hostigarán a la Confederación
consolidando su triunfo en Pavón, hecho a partir del cual quedarán
clausuradas las posibilidades de una Argentina integrada.
Estos grupos son los que van a escribir la historia de Rosas y los caudillos
federales. Por eso aquella historia inicial fue panfletaria, casi podríamos
decir que era la trascripción de los denuestos de la prensa en el exilio
montevideano.
La sanción de la ley que hoy hemos de derogar es una demostración
cabal del procedimiento utilizado. Con sólo leer los debates de aquella
época podremos adivinar cual fue la intención. Había que
poner una cortina que tapara la época de Rosas, no había que analizarla,
ya estaba juzgada por la historia.
Cómo iban a justificar para la posteridad las actitudes de Rosas defendiendo
la soberanía y ellos cometiendo lo que el artículo 33 de la Constitución
califica así: "La traición a la patria consistirá
únicamente en tomar las armas contra ella o unirse a sus enemigos prestándoles
ayuda y socorro". Pero a partir de allí comienza la tarea de falsificación
de la historia, realizada a conciencia, porque esa historia falsificada sería
la base para la construcción del país según el modelo adoptado.
No hay, ni puede haber, una política con fines nacionales sin un conocimiento
veraz del pasado en el que la posibilidad de esos fines esté contenida.
Es el conocimiento de la realidad imprescindible para un planteo del futuro.
Es la experiencia adquirida que ahorra la búsqueda, que evita ensayos
permanentes, la continua frustración en el cuerpo social. La falsificación
ha perseguido dos fines: el de los liberales en el sentido de que el ejemplo,
el modelo, sea la Argentina formal, la Argentina de las instituciones en desmedro
del país real, y el de los intereses económicos que había
detrás de aquellos que pretendían, a través de esta desfiguración
del pasado, impedir que los argentinos poseamos las aptitudes necesarias para
la concepción y realización de una política nacional. Se
trataba de evitar que tuviéramos conciencia de cómo se construye
una Nación y de cómo se dificulta esa formación para que
no tuviéramos una doctrina que nos diera la concepción de cómo
conducir esa nación.
Por eso no podemos tomar a la desfiguración de nuestra historia como
un mero hecho personal, porque si así hubiera sido, los errores e inexactitudes
hubieran sido corregidas, desaparecidos los actores, y con ellos las pasiones.
Pero no fue así, porque como lo dijéramos al principio, aquí
ha existido una política de la historia, un sistema perfectamente organizado
que funcionó como la estructura cultural del país para impedir
la formación de una conciencia nacional.
La política de la historia falsificada es, y fue la política de
la antinación, de la negación del ser y las posibilidades propias.
Era la exigencia de la estructura económica que se creaba para la aplicación,
sin miramientos, del liberalismo económico, en coincidencia con los intereses
de la Gran Bretaña, que se fundamentaban en la división internacional
del trabajo. Conforme a ese esquema, el Río de la Plata tenía
el destino de ser, exclusivamente, proveedor de materias primas. Se debía
construir un país con una reducida clase terrateniente, una mínima
clase media necesaria para la intermediación, la burocracia del Estado
y la muy escasa técnica necesaria para esa economía simple. El
país pastoril, con una clase señorial poderosa y con una población
desposeída.
Para adecuar a la Argentina al papel que se le había asignado se recurrió
a la falsificación de la historia y a la destrucción de los antecedentes
culturales del país, por considerarlos bárbaros.
Desde Pavón en adelante, por otra parte, se había llevado a cabo,
con las famosas guerras de policía, las levas forzosas para la muerte
en la frontera indígena, la inmolación inútil de la guerra
con nuestra hermana nación paraguaya para servir a los intereses de la
casa de Braganza, el exterminio del elemento humano que habitaba nuestra tierra.
Ese hombre común, el gaucho, que había formado en todos los ejércitos
que defendieron la Patria Grande, aquellos que, detrás de los caudillos
reconocieron la causa nacional. Aquellos gauchos que Hernández simbolizara
magistralmente en el "Martín Fierro", diciendo en sus versos,
la persecución implacable a que fueron condenados por el régimen
en su intención de suplantarlos por un pueblo dócil a sus designios.
Había que traer a los europeos, aptos para comprender esas libertades
que sólo eran formales. Pero abiertas las puertas de la inmigración,
esta tierra se vió inundada por las masas de inmigrantes, las que, al
tomar contacto con la tierra, fueron adquiriendo la conciencia que yacía
subterránea y silenciosa. Y muy pronto sus hijos se encolumnaron detrás
de los nuevos caudillos populares y comenzaron a oponerse a los intereses del
régimen, "falaz y descreído". Así pasó
en el 90 con Alem; el heredero de las luchas federales que, al defender el respeto
a la voluntad popular, estaba sosteniendo los mismos principios de autodeterminación
e independencia de los caudillos. Por eso podemos decir, sin equivocarnos, que,
de la lucha popular por defender su derecho a construir la Nación, nace
la revisión de nuestra Historia, como consecuencia inevitable. Con Hipólito
Yrigoyen, ese pueblo retoma el poder político y lleva a la practica una
política nacional independiente. Por ello cae traicionado, y el ilustre
presidente recibe los mismos agravios infames desde los sectores llamados bienpensantes,
que había recibido Rosas y los caudillos federales.
En 1945, cuando las masas populares se hacen presente en el escenario político,
son calificadas de ignorantes y su líder ridiculizado y vilipendiado
por esos mismos sectores, que siempre han encontrado los idiotas útiles
que sirvieron a sus intereses antinacionales. (¡¡Muy Bien!! ¡¡Muy
Bien!! Aplausos).
Cuando el Teniente General Perón es derrocado en 1955, se pretendió
repetir lo acontecido con Rosas y los caudillos federales, con todos los hombres
que defendieron la causa popular. Pero ya el régimen había sido
derrotado, el pueblo no solamente tenía conciencia de sus destino nacional,
sino que tenía el método para enfrentar a la reacción:
La clase trabajadora orgánicamente organizada.
Se habló de la segunda tiranía y sólo se logró que
el pueblo comprendiera más la lucha de los federales y se sintiera más
identificado con ese pasado.
Porque era la misma lucha; porque la conciencia nacional había vencido
a la distorsión histórica, se reencontraba en la militancia de
la lucha por la liberación nacional.
Por eso, Señores Senadores, no vamos a derogar simplemente una ley, ni
vamos a reivindicar solamente a un hombre; vamos a dar consagración parlamentaria,
en esta Legislatura, en la que están representadas las mayorías
populares, a la lucha del revisionismo histórico, a la lucha por una
conciencia nacional.
Para aquellos que piensan que es en vano discutir sobre el pasado, para los
"comprometidos" a no comprometerse, que ven en esta tarea perder el
tiempo en lugar de ponerse a pensar en el futuro, les digo que, precisamente,
de esto se trata, de construir el futuro del país con autenticidad y
grandeza. No ha sido Rosas el centro de una polémica, de una pasión
personalista, lo ha sido porque significaba la discusión entre dos argentinas
inconciliables, dos modelos de país: el de la división internacional
del trabajo sin proyección americana, y la Argentina soberana y americanista.
Porque éste es el significado de la reivindicación del Brigadier
General don Juan Manuel de Rosas, con él lo hacemos a todos los caudillos
populares argentinos y se lo hacemos a los hombres anónimos que lo acompañaron
en todas las luchas para defender la soberanía nacional.
Los argentinos hemos aprendido la lección de la historia: unidos podremos
construir, con independencia nuestro destino, y a los que pretendan dividirnos
desde la ideología importada, les señalamos esa lección
de la Historia. No se puede torcer la voluntad de un pueblo valeroso con falsas
interpretaciones ni mentiras a designio. No se puede desmerecer a los conductores
populares con el agravio o el desprecio intelectual.
Señores Senadores: un viejo militante de esta lucha, como el que habla,
no puede dejar de emocionarse al comprobar que estamos llegando triunfales al
final de la misma.
La derogación de esta ley es quizás, la comprobación efectiva
de que comenzamos a andar el camino de la Patria Grande. (Muy bien! Muy bien!
Aplausos. Varios señores Senadores rodean y felicitan al orador).