La cárcel de Las Heras
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Después
del 17 de octubre del 55, luego de salir en libertad de la Jefatura, empezamos
de nuevo a reunirnos, y yo, junto con algunos de los más decididos, comenzamos
a organizar las acciones contra los militares.
Es así que me vuelven a detener una madrugada. A los dos de la mañana
me allanan el departamento de calle 5 entre 37 y 38. Me golpean la puerta, de
nuevo la Marina. Otra vez Abigail Marino me había mandado a detener.
El que encabezaba el grupo me ordenó que me vistiera, porque me habían
sacado de la cama.
Me llevaron a una oficina que se llamaba Orden Público, que estaba en
calle 46, detrás del diario El Día.
Yo estaba muy descompuesto del estómago y les pedí que me dieran
algún calmante y no me dieron nada, ni me atendieron. Al contrario, cuando
llegamos me dejaron en un hall sentado ahí, y en eso pasa este Abigail
Marino y siento que les grita a algunos policías:
¿Por qué está ese sentado ahí? ¡Pásenlo
al fondo!
Escucho que en voz baja, el policía le dice -Pero no...es un profesor,
este es un señor...
No obstante eso me llevan al sótano. Ahí nos amontonaron durante
tres días. Todos en unas piecitas de dos por tres, éramos como
unas 50 personas.
No sabía lo que pasaba.
Un policía que me conocía de la calle, que era medio amigo mío,
se ofreció para que me comunicara con alguien de mi familia. Entonces
escribo un papelito, a escondidas, y se lo mando a mi hermano Délfor.
Ahí le decía, pagá tal cosa, paga tal otra, . . . . y por
último un - No sé donde me llevan, averigualo.
Como al cuarto día nos subieron a un celular, esos carros para presos.
Adentro tienen unas pequeñas celditas individuales, que alojan a un solo
detenido. No nos dijeron donde nos llevaban, por eso miraba a la calle por una
ventanita que había, y grababa en la memoria por donde iba pasando el
celular. Las cosas se estaban poniendo cada vez más difíciles
y pensaba que, quién sabe, me podían matar por ahí.
Cuando llegué, era la Cárcel de la calle Las Heras, de Buenos
Aires. Ahora está demolida y es una plaza.
Me hacen pasar por una oficina, me registran y me retienen todas las cosas que
tenía. Me dan un recibo que aún conservo: "un documento,
tanto dinero, etc."
Y me pasan incomunicado a una celda de 1,5 metros por 2, cada una con una ventanita
que daba a un gran patio.
Solamente había un catre y un recipiente para orinar, después
me enteré que en la cárcel le decían "sambuyo".
Había dos tipos de presos, los que estaban incomunicados como yo, y los
que tenían un régimen común, con recreos y ese tipo de
cosas.
A nosotros no nos dejaban salir, sólo nos daban 5 minutos a las seis
de la tarde para ir al baño.
La comida nos la pasaban por una puertita, y era realmente imposible de comer.
Como ya dije, la celda tenía una ventanita, pero como estaba alta para
abrirla me tenía que subir al catre.
Hugo del Carril, que estaba preso en otra celda, se asomaba y empezaba a cantar
la marcha, al escucharlo todos lo iban acompañando asomados por las ventanitas.
¡Qué momento tan intenso!
Venían los carceleros furiosos y nos golpeaban celda por celda, en cada
ventana, para que paráramos.
Así, todas las mañanas. Cantar la marcha siempre funcionaba como
una gran fuente de energía, que servía para aguantar en las malas.
A las seis de la tarde, en esos minutos que nos encontrábamos en el fondo
del baño, John William Cooke, a quién Perón lo había
nombrado a cargo del partido, aprovechaba para transmitirnos las novedades.
Después me enteré que en la celda de al lado mío estaba
Alejandro Leloir, unos de los principales dirigentes, que era de los radicales
que se hicieron peronistas. Del otro lado estaba Gomiz, dirigente petrolero
de La Plata. Un poco más allá estaba Suárez, quien había
sido delegado de la CGT de La Plata, y con quien tiempo antes había tenido
un enfrentamiento por posiciones políticas.
Pasaron varios días y cuando se enteraron que yo estaba ahí, Gomiz
junto con otros compañeros a los cuales les habían sacado la incomunicación,
habían organizado una especie de cooperativa, juntaban y por la ventanita
nos pasaban barras de chocolate y fruta, que era lo único que se podía
comer, porque la comida que nos daban era cada vez mas terrible.
Un día nos hacen salir y nos hacen formar fila frente a la oficina del
director de la cárcel, que era el Coronel Paso Viola
Estabamos ahí como 50, varios de ellos Jefes de Alianza, esperando
Iban haciendo pasar de a uno, no sabíamos para qué. Los que salían,
se veían todos compungidos, atemorizados. Cuando me toca entrar, estaba
el expediente mío arriba de la mesa, con un rótulo que decía
"Rolando Hnatiuk - Elemento peligroso". ¿Así que usted
es de los hombres malos? Dice el director. Había dos soldados apuntándome
¿Qué se cree que Perón va a volver? ¡Sáquese
esa idea de la cabeza! Me dio una filípica como de 15 minutos. Cada vez
se ponía más furioso, así que recuerdo bien que pensé
-Acá me manda a fusilar este tipo... Yo no le contestaba, mudo, ahí
nomás.
De repente me dice -Váyase. Dije, a la mierda, qué pasó
acá.
Pero por suerte, me pasan a otro piso. De la celda en que estaba incomunicado,
a una celda común. En la que me tocó estaban, el historiador José
María Rosa, Abrieu quien había sido ministro del interior de Perón,
y un obrero de Obras Públicas que decía no saber por qué
lo habían detenido.
Ahora tenía un régimen más abierto. A la tarde nos daban
recreo, y entonces por primera vez me encontré con todos los viejos dirigentes
amigos míos, charlé con Silverio Pontieri, con Alfonso Lewille.
También estaban todos los diputados nacionales.
Al día siguiente entra un guardia y me dice que prepare todas mis cosas.
Quién sabe donde me llevan, pensé con inquietud. Pero al instante
escuché un aliviador -Usted va a quedar en libertad.
Era nochebuena. De repente, me encontré en la calle, y la casualidad
hizo que al mismo tiempo, liberaran a mi amigo Lewille.
Como me habían sacado todo lo que tenía, no me quedaba ni una
moneda. Justo pasaban unas mujeres que venían de la misa de gallo, les
pedimos plata y una viejita nos dio unas monedas, que nos alcanzaban para viajar
de vuelta a La Plata.
Entonces tomamos el tren. Y en el viaje nos juramentamos luchar contra los militares
con todas nuestras fuerzas.
Volví a casa y me puse de lleno al frente de la resistencia.
Y después entonces me enteré, que mi destino, como el de todos
los que se habían entrevistado con Paso Viola, era la Cárcel de
Ushuaia.
Pero ese destino fue cambiado gracias a las gestiones que hizo Francisco Suárez
Requejo, de los servicios secretos de la Marina, que me conocía por mi
activismo nacionalista y me dio una mano.