El bombardeo a Plaza de Mayo
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El
16 de Junio de 1955 nos encontrábamos almorzando en el restaurant "Yo
Tú El" que estaba a media cuadra de la estación de trenes
de La Plata. En la misma mesa estábamos dirigentes gremiales que integrábamos
la Junta Deportiva Obrera. Compartíamos el almuerzo después de
habernos reunido en la Dirección de Educación Física para
organizar los Torneos Intersindicales, que estaban a mi cargo.
De repente se arrimó un mozo y nos dijo, todo convulsionado, ¡Están
bombardeando la Casa de Gobierno, quieren matar a Perón! Y ahí
nomás salí disparando para la Dirección de Educación
Física, de calle 49 entre 11 y 12. Al llegar convoqué a algunos
compañeros de la Agrupación Peronista de Educación Física,
uno de los tantos organismos que yo dirigía. Les dije lo que estaba ocurriendo
y pedí que me acompañaran a Buenos Aires. A uno muy activo, que
se comía los chicos crudos, y que no voy a nombrar, le agarró
un súbito dolor de barriga. En cambio un compañero que se llamaba
Luis Santiago me acompañó sin dudar.
Antes de salir para la Capital, pasamos por la CGT de La Plata y levantamos
a dos compañeros que yo había nombrado como empleados en el Estadio
Provincial, Antonio Presta y Adolfo Mastrobito
En un taxi de un dirigente del gremio de taximetreros salimos para Buenos Aires.
Cuando llegamos al cruce de Gutiérrez, paramos en el destacamento policial.
Estabamos tan exaltados que, sin pensarlo dos veces, le pedimos armas a los
policías explicándoles que íbamos a defender a Perón.
Claro... casi no nos dejan seguir. Nuestra solicitud les había causado
entre sorpresa y ofuscación, no sabían si detenernos o no. No
nos dieron nada pero nos dejaron ir.
Seguimos a Buenos Aires gritando ¡Viva Perón! por las ventanillas
del auto. Fuimos a la CGT, en Azopardo e Independencia. Ahí nos dimos
cuenta realmente de la gravedad de lo que estaba pasando. Empezaron a pasar
los aviones al ras, baleando. Nos tuvimos que resguardar en el edificio de enfrente,
que se estaba construyendo. Nos metimos en el armazón de cemento armado,
en el segundo o tercer piso. Actualmente es la facultad de Ingeniería.
Eramos como 50 o más.
Cuando pasaban los aviones los compañeros levantaban los fierros de la
construcción y los mostraban amenazantes.
Los aviones seguían haciendo descarga sobre la CGT.
Intentaban tirar sobre el edificio donde estábamos pero no les daba el
ángulo.
En un momento bajé con otro compañero y crucé hacia la
calle Colón.
Los aviones que venían de Punta Indio pasaron tirando y nos tuvimos que
refugiar en los zaguanes.
Llegué hasta la esquina, otro avión pasó y alcancé
a tirarme debajo de un camión, la ráfaga hizo saltar los adoquines
que tenía al lado. Me salvé raspando.
Volvimos después al edificio de la facultad. Apareció en el balcón
de la CGT el Mayor Cialzeta, que era sobrino de Perón, y dijo que ya
había terminado el bombardeo, que fuéramos a la plaza de Mayo,
Para ese entonces ya éramos como 200 personas que nos encolumnamos para
allá.
Al llegar a la Plaza de Mayo uno de los últimos aviones pasó tirando
su descarga. Nos metimos en el edificio del Ministerio de Economía para
que no nos diera. Las marcas de las balas quedaron por mucho tiempo, no sé
si todavía están.
Cuando llegamos lo primero que vimos era un ómnibus con chicos adentro
quemados, muriendo.
Todavía rondaban los aviones. Había dos o tres cañones
antiaéreos, me empecé a subir a uno desde la base, desesperado
por poder ayudar. -Bájese de acá, me sacó de un empujón
el milico. Salga que acá no tiene nada que hacer.
Habían lanzado bombas incendiarias que dejaron quemados a todos los autos
de alrededor de la Plaza de Mayo.
Me acuerdo perfectamente de una mujer que estaba en el medio de la plaza, arrastrándose
con una pierna mutilada. La Plaza estaba llena de cadáveres. En algunas
partes corría sangre al lado del cordón de la vereda.
Con los compañeros Santiago, Presta y Mastrobito, nos refugiamos en un
zaguán, a una cuadra y media de la Plaza. Desde ahí vimos pasar
tres o cuatro camiones con cadáveres, hombres y mujeres. Esa imagen es
una de las más fuertes que recuerdo de ese día, no me la voy a
poder sacar nunca de la cabeza.
El último avión, según comentarios que se oyeron en los
días siguientes a la masacre, era el hijo de uno de los empresarios dueños
del diario El Día, de La Plata.
Ya se había largado a llover y decidimos volvernos a la CGT de La Plata.
Llegamos y los compañeros que estaban siguiendo todo por la radio, con
la ansiedad del caso me preguntan qué había pasado.
Y pensando lo que había vivido, en mi cabeza se dio vuelta toda mi actitud
política. Casi llorando les digo: -Compañeros esto se acaba, esto
se acaba.
¿Qué era lo que se estaba acabando? Me di cuenta que la lucha
era cruenta, no era un asunto de política, así nomás. Hasta
entonces había sido miembro de un montón de comisiones de bien
público, pero ese día hizo revertir todo mi pensamiento. La cosa
pasaba por otros carriles. La lucha ya no era pacífica, era una lucha
a muerte.
A causa de lo terrible que presenciamos, cuando volvió, Luis Santiago
tuvo un shock nervioso del que no se pudo recuperar, y al tiempo falleció.