EL PRIMER 17 DESPUES DEL GOLPE
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En
La Plata fuimos detenidos a los pocos días de la caída del gobierno
de Perón.
Las tres fuerzas armadas se habían repartido el poder de represión
y la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires quedó
a cargo de un Marino, el Capitán Cabú.
Como el Capitán Cabú no conocía a los militantes del peronismo,
usó a un oficial de policía que había en La Plata. Este
personaje hasta el día del golpe había actuado como mensajero
mío en el cargo que yo cumplía como Secretario de la Oficina de
Ceremonial de la Provincia. Era un desconocido oficialito llamado Abigail Marino,
pero como había tenido acceso durante un tiempo a las listas de ceremonial
y a algunas otras, que se usaban para convocar a las actividades políticas
del Gobierno Provincial, la información que él tenía era
fundamental para Cabú.
Así fue que se encargó de denunciar, de delatar a su jefe, a todos
los activistas del peronismo de la región.
Yo todavía estaba en funciones en la Dirección de Educación
Física, que en ese entonces funcionaba en el Palacio López Merino,
de calle 49 entre 11 y 12. Cayeron a mi trabajo en una camioneta militar ocho
soldados de la Marina y me llevaron a mi casa, un departamento, pasillo al fondo,
en calle 5 entre 37 y 38.
Tiraron toda la biblioteca al suelo buscando armas. El grupo estaba al mando
de un tal Capitán Suarez, que nunca más volví a ver. Este
Suárez, mientras revolvía todo iba encontrando material de propaganda
nacionalista, y daba gritos diciendo ¡Ven, esto es parte del gobierno
fascista! Es curioso, ya que luego, cuando salió mi pedido de captura
por el plan Conintes, aparecí en el diario como "un subversivo comunista".
Siempre había motivos para reprimir al peronismo.
Estuvimos detenidos en el subsuelo de la Jefatura de Policía donde funcionaba
una cárcel, no sé si todavía existe. Allí estaban
presos otros dirigentes, aproximadamente un centenar, recuerdo especialmente
haber estado detenido ese día con Mateo Balo, un dirigente peronista
que había sido diputado.
Estabamos en condiciones deprimentes, con un solo baño para todos. Como
no tenía puertas lo teníamos que usar a la vista de todos. A la
noche compartíamos la celda con los presos comunes.
En esas condiciones nos encontró el primer 17 de octubre después
del golpe de estado. Eramos casi 50 compañeros en el patio y nos dimos
el gran gusto de cantar bien fuerte la Marcha Peronista.